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EPÍLOGO

EPÍLOGO

Llegó Desdichado, andando descalzo por encima de la nieve. Al ver aquel desconocido personaje, tan lujosamente vestido, con el brillante yelmo adornado con plumas en la cabeza, quedó muy impresionado.

 

La condesa dedicó su vida entera al ejercicio de las más nobles virtudes, destacando entre todas ellas la de la caridad. Desdichado creció junto a sus padres y se convirtió en un valeroso y honrado caballero, digno heredero del condado.

Al cabo de muchos años, Genoveva contrajo una cruel enfermedad y murió rodeada de los suyos. Y cuenta la tradición que la cierva acompañó a Genoveva hasta la última morada. Una vez cerrada la tumba, se echó sobre la losa, sin que nadie consiguiera apartarla de allí. En vano se intentó hacerla comer. Días más tarde, alguien encontró en aquel sagrado lugar al fiel animal sin vida…

Sigfrido ordenó levantar, a la memoria de Genoveva, un magnífico monumento de mármol blanco y, en homenaje a la fiel cierva, que había llevado hasta el fin, heroicamente su fidelidad, mandó esculpir también la figura de la misma en la base de dicho monumento, sobre la losa sepulcral.

Sigfrido murió algunos años después que su esposa, y también Desdichado fue a reposar junto  a sus padres. Desde entonces, dos veces al año, las gentes de aquellos lugares, aún hoy gustan de acudir en peregrinación a la bella y silenciosa ermita, que recuerda al mundo el sacrificio y la vida ejemplar de una gran mujer, fiel esposa, madre ejemplar y singular creyente que se llamó

Genoveva de Brabante.

 

FIN

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CAPITULO 24

CAPITULO 24

 

Llegó Desdichado, andando descalzo por encima de la nieve. Al ver aquel desconocido personaje, tan lujosamente vestido, con el brillante yelmo adornado con plumas en la cabeza, quedó muy impresionado.

Pero, al observar que su madre tenía el rostro lleno de lágrimas, supuso que el desconocido quería causarle daño, razón por la cual exclamó con ímpetu:

.-¿Qué tienes mamá? ¿Quién es este hombre?  ¿Es uno de aquellos malvados de los que me hablaste? ¡Yo te defenderé!

Tendiendo los brazos a su hijo, Genoveva repuso sonriendo:

.- Nada malo ocurre, pequeño ¡Abraza a tu padre hijo mío!

Sigfrido se enorgulleció al verle tan sano y hermoso, mas al contemplar la tosca piel que cubría sus desnudos pies, la piedad se unió a su satisfacción y le hizo exclamar con voz  vibrante, al tiempo que le abrazaba fuertemente:

.- ¡Pobre, hijo mío! ¡Ven a mis brazos!

Genoveva, dominada por una emoción infinita, dijo con voz trémula:

.- Abrázale, hijo mío, y dale las gracias a Dios por esto…¡Por esto y por no habernos abandonado nunca!

Durante un rato, los tres permanecieron en silencio, como si quisieran hacer partícipe al Creador de la inmensa dicha que les invadía elevando hacia él plegarias mentales, con ese mudo lenguaje que ninguna lengua humana es capaz de expresar.

Pasados aquellos instantes, que a todos  les tuvieron como sumidos en un éxtasis inexpresable, Genoveva rompió el silencio. Y la primera pregunta que le brotó de los labios fue:

.- Esposo mío ¿sabes si viven todavía mis padres?

.- Si, querida. Viven aún. Siempre me he preocupado por ellos y me consta que su vejez es placentera. Sufrieron y aún deben sufrir por ti, pero siempre te creyeron inocente, y Dios habrá mitigado su dolor en el transcurso de los años. Apenas lleguemos al castillo, les enviaré un mensaje para comunicarles la extraordinaria noticia de haberte hallado viva.

Mientras estuvieron sumidos en el éxtasis que les produjera el inesperado hecho, apenas se dieron cuenta del frío reinante. Pero entonces, al sentir el estremecimiento, Genoveva tomó de la mano a su esposo y le condujo hasta el interior de la cueva, donde la temperatura era más soportable.

Sigfrido era tan alto que no podía  permanecer de pie en el interior sin inclinarse, y fue de este modo que contempló las paredes húmedas, el lecho de musgo, las calabazas que servían de vasijas, las cestas de mimbre que frabricara Genoveva…Nuevamente le invadió la pena al considerar de qué modo habían tenido que vivir  aquellos pobres seres durante siete años. Era un verdadero milagro que hubieran podido subsistir

.- Al ver esta miseria, mi remordimiento vuelve a mortificarme. ¿Cómo es posible que hayais podido estar en este lugar, privados casi por entero de recursos, durante varios años? En realidad la Providencia de Dios tiene que haberos acompañado siempre. ¡Y todo esto lo tuvo que sufrir la hija de un duque, que en otro tiempo comiera en vajilla de oro y plata! ¡Qué diferencia tan enorme de tus lujosos vestidos  de antes a este tosco atavío que has tenido que llevar! Fuiste educada con suma atención, servida por fieles criados, cuidada con todo esmero y, en cambio, aquí la miseria más completa ha sido tu compañera. ¿Cómo puedes seguir amándome después de haber padecido tanto por mi causa?

Con una sonrisa, que demostraba la gran felicidad que poseía, Genoveva respondió:

.- No creas que sólo penas hayamos tenido aquí. También hemos gozado de grandes alegrías, aunque parezca extraño, pues aquí yo he aprendido a conocer y a amar a Dios y he podido enseñarle a nuestro hijo las maravillas de la naturaleza.

Y Genoveva empezó a relatarle los hechos más sobresalientes de su vida en aquel destierro.

Más tarde, Sigfrido, su esposa y Desdichado, acompañados de la leal cierva, abandonaron la cueva. Genoveva y su hijo lo hicieron con emoción, pues en no en vano había sido su morada durante siete años.

Al reunirse con los amigos del conde, aquellos quedaron estupefactos cuando vieron que, junto a éste, había una mujer pálida y delgada, con el largo cabello suelto y la capa de Sigfrido, roja y forrada de piel, encima. Y se asombraron aún más al ver que el conde llevaba el niño en brazos.

Sigfrido relató a sus amigos el insólito hecho, y explicó al final la providencial manera con que había llegado a la cueva donde ellos habitaban.

Y aunque de momento no podían comprender con exactitud lo acaecido, todos experimentaron gran alegría. Los que habían conocido a Genoveva, porque sabían de su bondad y sus virtudes; aquellos que no habían visto antes de entonces, porque oyeron hablar también de la terrible injusticia que con ella se había cometido, según creían, y la admiraban como a una mártir.

El conde llamó luego a dos caballeros de los que le acompañaban y les rogó que fueran al castillo, para volver lo antes posible con vestidos de la condesa y  una litera para conducirla a su residencia. Les encargó, al mismo tiempo, indicaran a la servidumbre que quedaba en el castillo prepararan a Genoveva un recibimiento digno de su alcurnia.

La noticia del encuentro de Genoveva y del niño, transportados al castillo por los dos caballeros, con la orden del conde de que prepararan a Genoveva un recibimiento digno del caso, habia corrido como reguero de pólvora y, cuando habían traspuesto los senderos intrincados del bosque y salido al camino general, la comitiva se encontró con una verdadera muchedumbre de persona de todo sexo y condición, que acudían presurosas a rendir tributo a aquella condesa a quien ya habían llorado por muerta.

De entre la muchedumbre que se extendía a las orillas del camino surgieron de pronto dos hombres, que se aproximaron a  la litera. Eran Conrado y Roger, los cuales explicaron a Genoveva que habían ido en peregrinación a Tierra Santa para mitigar el remordimiento que sentían por no haberla conducido a Brabante, con sus padres, en lugar de dejarla abandonada en el bosque. Estaban pasmados ahora al verla sana y salva, y así se lo dijo entonces uno de ellos:

.- ¿Cómo puede ser, buena señora, que hayáis podido subsistir en aquel lugar durante tanto tiempo? Nosotros estábamos seguros de que tanto vos como vuestro hijo habríais muerto, y de aquí partía el remordimiento que poco a poco se fue infiltrando en nosotros y nos convirtió en peregrinos.

Genoveva, tendiéndoles afectuosamente la mano, dijo:

.- Quedad tranquilos, pues ningún rencor siento hacia vosotros. Pensad que, después de Dios, es a vosotros a quienes debo agradecer seguir con vida.

Tras dirigirse hacia su hijo, añadió:

.- También tú has de estarles agradecido, hijo mío, pues estos hombres tenían orden de matarnos, pero, arriesgando mucho, prefirieron seguir la ley de su conciencia en lugar de las órdenes recibidas.

.- Petro todavía hicimos poco- insistió Conrado, haciéndose eco de la opinión de los dos-Entonces creímos haber sido muy  generosos, pero con el tiempo fuimos comprendiendo que lo que debíamos haber hecho era arriesgarlo todo y conduciros a casa de vuestros padres.

Al levantar los ojos vieron a Sigfrido, en quien hasta entonces no habían reparado y, tras reconocerles, se postraron a sus pies, pidiéndole perdón y agradeciéndole las bondades que había tenido para con sus esposas e hijos.

.-Yo no sabía que vosotros habíais salvado la vida de mi esposa y de mi hijo- repuso el conde- y, al socorrer a vuestras familias me guié por una noble petición que mi esposa me hacía en su última carta, aunque también impulsado por el precepto que Jesucristo nos legó y que dice : “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran la misericordía” Levantaos, pues, y marchaos en paz, ya que ahora no  sólo seguiré ayudando a vuestras familias sino también a vosotros mismos, que tan valerosos os mostrasteis en aquella terrible circunstancia.

Ambos peregrinos se alzaron del suelo y se unieron a la multitud que seguía la litera en la que iban Genoveva y su hijo. Durante el trayecto, Roger decía a Conrado:

.- ¿Ves ahora cómo yo tenía razón al decir que siempre hemos de practicar el bien, aunque a veces parezca que con ello vamos a labrar nuestro propio perjuicio? En este momento puedes comprobar cómo, mas pronto o más tarde, las buenas acciones tienen su recompensa.

Sigfrido envió la noticia a los ancianos padres de su esposa, los cuales se pusieron en camino hacia el castillo de su hija, en compañía del obispo que celebró el matrimonio.

Emocionante en grado sumo fue la entrevista entre la condesa y sus padres. Todos lloraban a raudales, pero esta vez las lágrimas eran de alegría. Transcurridos los primeros transportes, el duque exclamó:

.- Ahora ya puedo morir tranquilo pues mis ojos  han podido ver este día

Y la piadosa duquesa, mientras estrechaba a su hija entre los brazos exclamó:

.- También yo puedo morir contenta, querida hija, ya que vives aún y ha sido reconocida tu inocencia.

Habían llevado hasta allí a Desdichado y, al ser presentado a sus abuelos, éstos se llenaron de gozo:

.- ¿Este es nuestro nieto? ¡Qué sano y hermoso! ¡Ven a nuestros brazos!

Mientras lo besaba con indescriptible cariño, el duque exclamó:

.- ¡Dios te bendiga, hijo mío!

Y la duquesa, oprimiéndole también contra el pecho fuertemente, como si aún no pudiera acostumbrase a aquella maravillosa idea. Añadió:

.- ¡Esto ha sido como un milagro! Nunca creía estrecharte entre mis brazos, pequeño mío, ni volver a ver a tu pobre madre ¡Dios nos ha devuelto la dicha multiplicada!

El obispo Hidolfo, que había permanecido algo apartado para permitir a los padres la natural expansión familiar, se aproximó entonces a Genoveva que no había  reparado todavía en él. Sigfrido, junto a ella para darle la bienvenida, llevando de la mano a Desdichado, y el santo varón, después de haberles dado su bendición dijo:

.- El Señor ha cumplido lo que en la época algo lejana de vuestra boda permitió que yo vislumbrara. Cierto es que habéis padecido, pero  ahora encontraís cumplida recompensa para vuestros padecimientos, pues sin dolor no puede obtenerse la verdadera felicidad. El camino que conduce a la eterna salvación es difícil, pero, como veis, también se encuentran rosas en él, a pesar de los espinosos cardos. Durante estos duros años, Genoveva ha probado su fe y su confianza, su paciencia y su valentía. Ha podido demostrar su caridad para con sus mismos enemigos y verdugos y, en fin, todas las virtudes que posee, engrandeciéndose por medio de tales pruebas.

Todos los presentes permanecían en reverente silencio, escuchando las frases del digno prelado, que hablaba lentamente pero con gran seguridad. Y a continuación le oyeron decir:

.- En cuanto a Sigfrido, ha podido aprender, con esa dura experiencia, los efectos perniciosos, los incalculables males que pueden acarrear a los seres al dejarse arrastras por el impulso de las pasiones, pudiendo cerciorarse de cuán saludable es el someter todas las inclinaciones al imperio de la razón. Ha sufrido mucho, pero este padecimiento le habrá sido muy útil. En cuanto a Desdichado, puede afirmarse que en aquel destierro ha a prendido a amar y a conocer a Dios, mejor sin duda que lo habría hecho en este castillo, en el cual se habría visto rodeado de toda clase de comodidades y distracciones, las cuales apartan con frecuencia al ser del camino recto.

Al oírse nombrar por aquel varón de aspecto bondadoso, también el niño había puesto suma atención en lo que decía.

.- Allí ha desarrollado este niño la modestia, la sobriedad, la inocencia y la humildad, que son virtudes que dan ubérrimo fruto. En cuanto a los padres de Genoveva, que vieron  destrozados sus corazones por este cruel dolor, al no hallar consuelo en la tierra, donde todo es relativo, elevaron más aún su alma a Dios, en el cual encontraron su mayor consuelo. Obtuvieron ventajas en el fondo de su dolor, ya que ahora ni la muerte les asusta, pues saben que es sólo la puerta que conduce a una nueva existencia.- Se detuvo unos momentos el buen obispo y, después de haber posado su bondadosa mirada sobre los presentes, concluyó- : Gracias a la bondad de Dios, pues, todos hemos ganado en conocimiento y virtud, y debemos agradecérselo perseverando en el bien durante toda nuestra vida, seguros de que, si tales recompensas nos son otorgadas en esta existencia, mucho mejores nos aguardan en la otra, si seguimos el camino que El nos traza.

                                                                   

 

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CAPÍTULO 23

 

CAPITULO 23

 

Pasó mucho tiempo antes de que el conde se sintiera con ánimos para salir de su castillo. En primer lugar, el dolor lacerante que sentía por la injusta muerte de Genoveva le impedía gozar de nada. Lo que más le seducía, sin embargo, de cuanto le proponían eran las partidas de caza. Antes de que la guerra le alejara de sus lares, ésta había sido su diversión favorita. En cierta ocasión, su fiel escudero Wolf le propuso organizar una cacería en la que participaran todos los caballeros que le habían dado pruebas de amistad. Después de algunos instantes de vacilación, el conde accedió, pues comprendió que no podía defraudar a sus amigos.

.- Creo que vuestra decisión es la mejor de cuantas habéis tomado desde que regresamos de la guerra- dijo el escudero con gran satisfacción.

Incluso los sirvientes se alegraron de la decisión de su señor, por cuya salud temían.

Al día siguiente, la partida de caballero se dirigió al bosque. Wolf tiró de las bridas de su caballo y se aproximó al conde.

.- ¿Sabéis una cosa, señor?- exclamó gozoso el buen escudero- ¡Sentía grandes deseos de veros cabalgar de nuevo!

Por vez primera, desde que aquellos trágicos sucesos ensombrecieron su vida, el conde Sigfrido esbozó una sonrisa.

Después de varios días de viaje, los caballeros acamparon. Se disponían a comer cuando el ronco sonido del cuerno de caza manejado por los rastreadores llamó la atención del conde.

.-¡Alguno de los hombres ha visto una pieza!- exclamó el conde.

En efecto, un hermoso ejemplar de ciervo había sido divisado.

.- ¡Es un ciervo enorme…! ¡Avisad al conde!

Pero Sigfrido- que había visto también aquel animal- se hallaba ya a galope, tras la huella del mismo.

Decidido a obtener aquella hermosa pieza, el conde preparó su arco y disparó sobre el animal. Pero éste, ligero y elástico, apresurose a huir del súbito ataque.

Sigfrido no se dio por vencido, no obstante. Más resuelto aún a cobrar aquella magnifica pieza, fue velozmente en su seguimiento. Pero era en vano que tratara de alcanzarla. La cierva corría más. Espoleado en su amor propio, sin embargo, el conde continuó siguiéndola, sin darse cuenta de que se alejaba mucho de sus amigos.

Era aquella una verdadera y singular lucha, en la cual, y sin que él pudiera darse cuenta aún, en aquel momento, la Providencia jugaba un gran papel. Seguía huyendo la cierva del obstinado cazador, pero éste no cejaba. Hubiera podido abandonar aquella presa para buscar otras, pero no tenía en aquellos instantes más que una idea fija. ¡Matar aquella hermosa cierva que con tanta habilidad se había escapado de su puntería!

De este modo, uno en pos de la otra, pasaron entre arbustos y malezas, saltaron peñas, cruzaron barrancas y ascendieron. Parecía una carrera que no fuera a tener fin.

Finalmente la cierva, que al huir habíase encaminado, naturalmente, al lugar donde acostumbraba a cobijarse, pasó hábilmente por entre una espesa maleza, llegando al fin, como fuera de su propósito, a su madriguera.

Esta no era otra, como ya se habrá supuesto, que la cueva en la cual habitaba Genoveva y su hijo desde hacía siete años. La cierva, sin saberlo, había ejercido la misión de enlace entre Sigfrido y aquella esposa a quien creyera muerta.

En cuanto al conde, llegó un momento en el cual la aspereza de la maleza cerró por completo el camino a su caballo. Dándose cuenta de que no podría seguir persiguiéndola montado, descabalgó, y, atando a un árbol su corcel, prosiguió a pie la persecución del animal, guiado por las huellas que dejara sobre la nieve.

Desde el umbral de la cueva, Genoveva y Desdichado se percataron de la presencia de la cierva.

.- ¡Mira mamá!- observó el pequeño-¿Por qué vendrá tan deprisa? ¡Y parece asustada!

Después de muchos esfuerzos, Sigfrido consiguió llegar hasta la cueva. El camino había sido duro, pero se decía ahora que por fin iba a obtener el premio a su constancia. Si la cierva, como las huellas indicaban, había entrado en aquella cueva, ya no podía escapársele.

Se aproximó a la misma, pero de momento, acostumbrados sus ojos a la luz del día, no vio nada en el interior. Penetró en ella convencido de hallar sólo al animal tan tenazmente perseguido. Pero cual no sería su asombro al distinguir en la penumbra a una persona.

.-¡Dios mío!-exclamó Sigfrido , sintiendo como si la tierra fuera a hundirse bajo sus pies.

Tanto había cambiado Genoveva, que Sigfrido, el cual había retrocedido, asustado, ni siquiera logró reconocerla. Genoveva por su parte, con extraordinario asombro, había reconocido a su esposo. A pesar del tiempo transcurrido no había cambiado mucho ¡Si, era él!, era él!

Sin detenerse a pensar de la extraña circunstancia de tenerle frente a ella, exclamó con voz desfallecida:

.- Sigfrido, soy tu esposa Genoveva ,a  quien sentenciaste a muerte ¡Pero soy inocente! ¡Dios lo sabe!

Sigfrido había retrocedido más aún al escuchar aquellas palabras ¿Sufría de nuevo alucinaciones? Al regresar a su castillo, después de la guerra, las había padecido. A veces, al entrar en una estancia del mismo, creía ver a su esposa. Con rapidez se desvanecía su visión, pero en los días que esto sucedía, la desesperación volvía a dominarle. Ahora, al ver frente a sí aquella extraña figura, creyó padecer nuevamente un delirio.

Pero al oírla hablar temió que fuera el espectro de ella misma quien tenía delante, dispuesto a pedirle cuentas del injusto proceder. Por eso dijo asustado:

.- ¿Eres el alma de mi difunta esposa Genoveva? ¿Vienes tal vez a cens8urar mi comportamiento? Tal vez fue en este sitio donde se cometió el terrible crimen ¿Sepultaron acaso tu cuerpo cerca de esta cueva? ¡O!,  he buscado inútilmente cuál pudiera ser tu última morada, para recoger tus restos y concederles los honores que se merecían y que de manera injusta te arrebaté!

Miró al suelo, hondamente impresionado y luego prosiguió:

.- Tal vez tus despojos se subleven al pisar yo la tierra que se tiñó con tu sangre por mi causa. Tu alma no permite que los pies de un asesino se acerquen a la pacífica tumba dende reposan tus cenizas. ¿Quieres arrojarme de este lugar, donde crees que no soy digno de estar?

Al oír tan extrañas palabras, Genoveva iba comprendiendo por ellas lo muy arrepentido que su esposo se mostraba por su culpa, más era tal su emoción que sus labios no lograban despegarse. Y le oyó seguir diciendo:

.-¡Aléjate de mi, alma, pues tu sola presencia me tortura de nuevo, haciéndome recordar todo el pasado drama! Vuelve a tu morada celestial, en la que mereces estas, y ruega a Dios por mí, que no puedo hallar la tranquilidad a causa de mi crimen ¡Pero no te vayas! Tu presencia me angustia y me complace al mismo tiempo…¡Si yo pudiera verte resplandeciente de luz y no con este triste aspecto!

Al ver que el espanto de Sigfrido aumentaba, pues la miraba con ojos dilatados por el horror, siguió diciendo con suavidad y ternura entre lágrimas:

.- Dudas de lo que te digo porque crees que me asesinaron. Iban a hacerlo, es cierto, pero no fue así. Supliqué a mis verdugos que nos dejaran en el bosque, y así pude salvar mi vida y la de nuestro hijo.

El conde continuaba inmóvil, como petrificado, sin poder articular una sola palabra. Escuchaba las frases de su esposa, pero tan perturbada se hallaba su mente que apenas les encontraba hilación. Sólo seguía mirándola con fijeza, aún con la creencia de que se hallaba ante un fantasma

Al verle angustiado, la ternura compasiva de Genoveva creció. Y su expresión fue realmente angelical, a pesar de lo demacrado del semblante, cuando murmuró:

.- ¡Cálmate, esposo mío, querido Sigfrido! Vuelve en ti. Estás obsesionado por la idea de que soy un fantasma. Pero no es así. ¿Es que no te das cuenta de que mi presencia es humana, de que mi voz, aunque sea débil, surge de unos labios verdaderos? Mírame bien y te convencerás de que no sufres ningún delirio. Verás que soy tu esposa, que aún vive, y que en adelante seguirá viviendo para ti.

Al recordar de pronto la sortija que él le había regalado, levantó la mano y poniéndola delante de sus ojos agregó:

.- Mira esta sortija que me regalaste. Tócala. Siempre la he conservado como un recuerdo tuyo y, al contemplarla, venían a mi mente muchos recuerdos hermosos, que me ayudaban a subsistir.

Cuando vio que, aunque parecía calmado, Sigfrido acababa aún de convencerse, sumido todavía en aquella pesadilla, Genoveva, levantó los ojos al cielo, angustiada y suplicó:

.- ¡Dios mío! ¡Abrid los ofuscados ojos de mi esposo para que pueda reconocerme! ¡Sacadle del estado en que le ha dejado el verme inesperadamente, después de tanto tiempo de creerme muerta!

Como si las solas palabras de la improvisada plegaria ya le ayudasen Sigfrido parpadeó, igual que si saliera de un sueño. Su terror iba disminuyendo y la claridad volvía a su mente.

Poco después, al contemplarla con una nueva expresión, como si sólo entonces pudiera comprobar sus contornos humanos, exclamó:

.-¡Oh! ¡Ahora veo que eres tú realmente, Genoveva, mi querida esposa!

Cayó de rodillas, aniquilado por su profunda emoción, y permaneció largo rato sin pronunciar ninguna otra palabra, contemplando el demacrado rostro de la mujer. Al fín, tras prorrumpir en un llanto incontenible, añadió:

.- Por mi causa te encuentras en tan lastimoso estado. Por culpa de un loco impulso mío has tenido que vivir abandonada durante todos estos años. ¿Será posible que puedas perdonarme cuando yo mismo estoy horrorizado de mi proceder y no me atrevo a levantarme?

.- No tengo nada que perdonarte, esposo mío- repuso Genoveva, con lágrimas resbalando por sus mejillas- Nunca te he culpado de nada, pues sabía que sólo obraste impulsado por el ardid de un malvado. Estaba segura de que al reaccionar sufrirías mucho y también padecía por ti. Jamás te he olvidado, Sigfrido, y en este destierro, donde tantas horas tenía para hacerlo, he rogado mucho por ti.

Al ver que, a pesar de cuanto le decía, continuaba a sus pies, agregó amorosamente:

.-¡Levántate y ven a mis brazos! ¿No comprendes aún que no te guardo ningún rencor?

El se levantó y, mientras la abrazaba con fuerza, dijo:

.- ¡Dime que eres tú,. Genoveva, mi esposa…! ¡Tú, surgida de las tinieblas!

.- ¡Sí, soy yo, Sigfrido…!

Pronunciadas estas palabras, permanecieron en silencio durante largo tiempo, y en el bosque sólo se oía el murmullo de los pájaros junto al latir de sus corazones.

                                                              

 

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CAPITULO 22

CAPITULO 22

 

Sigfrido apenas durmió aquella noche. Las frases de la carta de Genoveva, tan sencilla y emotiva al mismo tiempo, se habían grabado tanto en su mente que sin cesar las estaba repitiendo en su interior, sin poder evitar que una pena intensa le lacerase el corazón.

Sucedierónse algunos días y, al fín, Sigfrido, más dueño de sí, mandó llamar a su antiguo intendente.

 Por causa de las recomendaciones de Genoveva, no fue con odio que miró el conde a Golo una vez que le tuvo en su presencia, sino con una dolorosa reconvención, y le dijo así:

.- ¿Qué daño causé yo, Golo, para que tú me atrajeses una desgracia tan atroz? ¿Qué mal pudieron ocasionarte mi esposa y mi hijito para que te convirtieras injustamente en su verdugo? Ten presente que, cuando llamaste a las puertas de este castillo, eras sólo un muchacho desvalido, sin protección alguna. Yo te ayudé desde aquel mismo instante, te colmé de atenciones y de beneficios, pues me inspiraste afecto, y acabé por darte mi confianza.

Golo, quien al saber la orden de encarcelamiento se sintió perdido, había acudido temblando  a presencia del conde, a pesar de su firmeza, pues esperaba hallarle furioso, invadido por justificada ira. Estaba dispuesto a negar su culpa, manteniéndose firme en su posición, para salvar su vida, pero la suave actitud de Sigfrido, que parecía en cierto modo como la de su hermano, le desarmó.

Su corazón, endurecido por la ambición y la concupiscencia, guardaba todavía un poco de sinceridad, y las palabras de Sigfrido le conmovieron tanto que exclamó, con la cabeza inclinada y la mirada esquiva:

.- Si, mi señor…¡soy un miserable! Cegado por mi desmesurada ambición urdí un plan para apoderarme de vuestro patrimonio. Al ver que no conseguía mis propósitos temí por mi vida. Cuando vos regresarais, ella os contaría lo sucedido, diciendo que no podíais confiar en mí, ya que así me había portado. Conociendo vuestro carácter, comprendí que todo estaría perdido para mí. Entonces planeé su muerte. De este modo nada podría decir, se llevaría mi secreto y yo podría seguir disfrutando de vuestro favor ¡Merezco mil veces la muerte, mi señor!

.- No, Golo, no- murmuró el conde-¡La muerte sería poco para ti! Vas a pudrirte en vida ¡ Te encerraré en un lugar donde jamás veas un rayo de sol!

Ordenó  a los soldados que se llevaran de nuevo a Golo para encerrarle, pero, una vez solo, comprobó que la certidumbre de la inocencia de su esposa, si bien le tranquilizaba por un lado, le entristecía más aún por otro, que le hacía ver todavía con más claridad su atroz injusticia.

Al día siguiente, Sigfrido mandó celebrar solemnes funerales por el alma de la condesa y su hijo.

Finalmente, con el transcurso de los días, su desesperación fue cediendo, pero sólo para dar paso a una nociva tristeza que minaba poco a poco sus fuerzas.

Los caballeros de la región, buenos amigos suyos, que se habían enterado de la verdad del caso y comprendían su inconsolable dolor, acudían al castillo para visitarle, solícitos, y le invitaban a sus residencias, con el fin de distraerle de aquella obsesión que temían acabara  con su vida.

Mas todos los esfuerzos resultaban vanos. No podían conseguir que Sigfrido abandonara el castillo. Permanecía horas y horas en la habitación de Genoveva, entre las cosas que le habían pertenecido y que parecían hablarle de ella. Y con frecuencia se le veía también en la capilla, orando o sentado en silencio, como si en aquel lugar se sintiera más cerca del alma de la desdichada

 

Pasaron seis largos años…seis largos años, sin que Sigfrido supiera que, lejos de su castillo, Genoveva y su hijito seguían con vida. Al igual que en otras ocasiones, aquel día, Genoveva y Desdichado daban uno de sus habituales paseos. El pequeño tenía siete años y ella comprendió que era ya hora de que le hablara de su padre, de su idolatrado esposo, que tantas veces la pobre había echado de menos en sus desesperanzadora soledad. Pasados unos momentos, y tras hacer acopio de fuerzas dijo:

.- Oyeme bien, hijito, pues voy a decirte algo de mucha importancia. Hasta ahora cuando pronunciaba la palabra “padre”, siempre me refería al que tenemos en los cielos. Pero ya es preciso que sepas también que aquí en la tierra tienes un padre, como lo tienen los pajarítos  y los animalillos del bosque, según ya has visto.

Una expresión de gozosa sorpresa apareció en el rostro de Desdichado.

.- ¿Tengo otro padre? ¿Uno de carne y hueso, parecido a ti?

.- Sí, hijo

.- ¿Y podría verle y hablarle y él me responderá? ¿No es como el Padre celestial, que está siempre callado y que aún no he podido ver?

.- No, no es como El. Y podrás hablarle y él  te responderá, y no podrá por menos que quererte cuando al fin te conozca.

.- Mamá…¿sabes que todo eso que me cuentas, de mi padre, me gusta muchísimo oírtelo?

Repentinamente, el gozo del niño se trocó vacilación. Su pequeño entrecejo estaba fruncido. Poco después preguntaba con cierta congoja:

.- Si pude hablar y, por tanto, andar como nosotros, ¿por qué no ha venido a vivir aquí? ¿Es tal vez uno de esos hombres malos de los que me hablas?

.- No, hijito- se apresuró a responder ella- Es muy bueno, pero no sabe que estamos abandonados en este lugar. Cree que hemos muerto y que yo fui una mujer mala, porque así se lo hizo creer con calumnias un hombre malvado que tiene a su servicio

De nuevo intrigado, Desdichado preguntó:

.- ¿Qué significa eso de calumnias?

Genoveva al recordar aquellos afrentososos días, los terribles meses pasados en la cárcel como una criminal, no pudo contener las lágrimas. Y fue con voz quebrada por la emoción que le respondió:

.- Calumnia quiere decir…atribuir a una persona…una mala acción que no ha cometido…

.- No…no lo comprendo bien mamá.

.- Claro. Eres demasiado pequeño para entender estas cosas. Te lo aclararé con un ejemplo. Si un hombre dice que otro ha matado a alguien, y no es verdad, esto es una calumnia. Como si una mañana la cierva apareciese muerta y yo te dijera: “Tú has matado a la cierva” sin que la hubieras tocado siquiera. Esto sería una calumnia.

.- Ya lo voy entendiendo.

Se sintió entonces indignado, pues su pequeño corazón comenzaba a experimentar toda clase de sentimientos y seguidamente exclamó:

.- ¿Cómo puede ser que los hombres hagan esto? Es un pecado, según comprendo por lo que me has hablado de ellos, y ahora sí que veo que esa gente debe ser muy mala para portarse así.

.- No todos lo son, por fortuna. Pero el hombre que tiene la culpa de que estemos aquí, sí lo es, y mucho. Mi esposo, tu padre, creía que era noble y leal. ¡Bien supo engañarle con su hipocresía!

A continuación Genoveva explicó a su hijo cuanto pudo respecto aquel asunto, o sea lo que comprendía podría entender él de aquel doloroso y repugnante caso..

 Al termino de su relato, Genoveva sintió que el niño la abrazaba dulcemente, al tiempo que le decía con la más tierna de las voces:

.- Mamá, debo decirte que eres buena… ¡La madre más buena y valerosa del mundo!

Y Genoveva comprendió que aquel cálido homenaje de su hijito la redimía de todas las humillaciones pasadas.

Torturado por los remordimientos, el conde Sigfrido empezó a pensar dónde se hallaría el sepulcro de Genoveva, pues seguramente, supuso, los verdugos habían enterrado su cuerpo en aquel lugar del bosque en el que la ajusticiaron. Deseaba saberlo para acudir a rezar en él y hacer trasladar sus restos para que recibieran los póstumos honores, siendo guardados en el panteón familiar.

Mas, cuando intentó averiguarlo por todos los medios, nada consiguió. Se sabía que Genoveva, con el niño, habían sido llevados a un sitio intrincado de los bosques que rodeaban el castillo, pero nadie conocía el lugar exacto.

En cuanto a Conrado y Roger, los supuestos verdugos de la condesa, no estaban ya en la comarca. Ambos empezaron a experimentar remordimientos por el hecho de haber abandonado a la condesa y a su hijo en lo más profundo del bosque, expuestos ambos a una muerte cierta.

Ambos hombres, al ver que no podían conservar la tranquilidad, tomaron una resolución. ¿Cuál fue esta? Nadie lo supo con exactitud, excepto sus familiares que permanecieron allá. Sólo supieron que  se habían marchado del condado. En cuanto a Golo, quien bastante tenía con sus remordimientos,  ni se enteró de ello.

Lejos pues, los supuestos verdugos, el conde comprendió que, por más que se empeñara, no lograría hallar los restos de su esposa y su hijito y más tarde mandó erigir un monumento en la capilla de la iglesia, en la cual debía figurar, en letras de oro, una inscripción que perpetuase de memoria de la infeliz Genoveva y su hijo.

Anhelaba que la posteridad conociera la historia  de su desgraciada esposa, creyendo realmente que ésta había finalizado en el momento que la lanza del verdugo se abatiera sobre su desdichado corazón.

Ignoraba que el destino le reservaba muchas sorpresas respecto al asunto, según ya se supondrá. Pues, como ya sabemos, fueron sietes los años que Genoveva y su hijo permanecieron en el bosque, sin poder comunicarse con nadie.

Durante aquel tiempo, Sigfrido siguió creyéndoles muertos. Nada hacía sospechar lo contrario. Sólo Conrado y Roger, de haber permanecido en el condado, habrían podido confesar la verdad. Sin embargo, Dios había dispuesto que Genoveva y su esposo  volvieran a encontrarse.

                                             

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CAPÍTULO 21

CAPITULO 21

 

Anochecía ya cuando el conde y sus acompañantes avistaron el castillo. Había oscurecido, por tanto, y pronto pudieron darse cuenta de que en dicha residencia ocurría algo insólito. Fue el propio Wolf quien, tras acercar su caballo al de Sigfrido, le dijo:

.- Mirad señor, las ventanas del castillo…¡Es extraño que, pese a lo avanzado de la noche, estén todas encendidas! ¿Qué debe suceder?

.- No lo sé- repuso el conde, sorprendido- No acostumbraba a verse así más que en los días de grandes fiestas, cuando iluminábamos nuestras mejores estancias.

Esto era precisamente lo que ocurría en el castillo. Golo, ignorante del regreso de su señor y seguro de que no debía esperar tal vuelta en mucho tiempo- en caso de que regresara- estaba celebrando una de sus orgías en compañía de quienes, traidores también del conde, le habían secundado en todo. Pero en realidad no era alegría lo que había en el corazón del malvado. Jamás había podido acallar los remordimientos que, ya la misma noche en que supuso tuvo lugar la ejecución, le asaltaron, y en vano intentaba borrarlos  de su mente, aturdiendose en los festines.

Continuamente organizaba francachelas con tal objeto. Cuando había ingerido bastante vino, olvidaba un poco el triste fin de la inocente Genoveva, casi perdido en la inconsciencia, pero al recobrar de nuevo su pleno sentido, el remordimiento volvía a él, más atroz que nunca, sin permitirle jamás completo sosiego.

Todos lo habían notado, y en especial los antiguos sirvientes, quienes al creer ciegamente en la inocencia de su buena ama y permaneciendo leales al conde, veíanse obligados, sin embargo, a obedecer a sus órdenes, por no estar expuestos a contingencias desagradables.

Mientras tanto, Sigfrido y sus valerosos guerreros habían llegado a la puerta del castillo y, entonces, el conde ordenó a sus trompeteros que dieran la señal de arribo. El centinela que se hallaba en la plataforma de la torre contestó con las señales reglamentarias, y todo cambió en el interior del castillo.

Golo y sus comensales levantarónse súbitamente de sus asientos, con el semblante alterado por la estupefacción, mientras por todas partes se oía exclamar:

.- ¡El conde! ¡El conde! ¡Ha regresado!

Golo, quién en lo último que hubiera esperado hubiese sido aquel inusitado regreso, cuando aún seguía la lucha contra los sarracenos, se  levantó, trémulo, y salió al encuentro de Sigfrido.

Fingiendo solicitud y naturalidad fue a sujetar las bridas del caballo, en el que aún estaba montado el conde, para que él descabalgara. Pero si alguna duda tenía respecto a sus ideas hacia él, la durísima mirada que su señor le dirigió bastó para quitársela. No pronunció Sigfrido palabra alguna, pero el traidor sintiese desfallecer con aquella mirada.

Intentó sobreponerse, de todas formas, para poder afirmar luego su completa inocencia, con tono y actitud convincentes, pero no podía conseguirla. Echó  a andar delante del conde, pero las piernas le temblaban y su paso era vacilante.

Siguieron así varias estancias del castillo, en las cuales el conde, cada vez más enojado, iba advirtiendo muestras de desorden y disipación. Algunos de los invitados habían salido asustados de la sala del banquete y permanecían ahora quietos, como estatuas, al ver pasar al conde con su impresionante aspecto, siendo sus rostros temerosos la mayor prueba de complicidad

.- Buena vida veo que os dispensais a mi costa- dijo el conde gravemente, dirigiendose a los presentes.

A continuación, tras fijar sus ojos en la huidiza mirada de Golo, el conde ordenó con voz cortante:
.- ¡Entregadme todas las llaves del castillo, Golo!

Con evidente temor, el intendente se apresuró a hacer cuanto su señor le ordenaba. Sobreponiéndose a su temor, Golo se dirigió a Sigfrido con voz vacilante:

.- No os esperaba…señor…Sed…sed..bienvenido

.- Empiezo a comprender que no, Golo- grito el conde con voz tonante- ¡Vengas esas llaves pronto!

Sin dejar de temblar, el intendente se apresuró a entregar lo que le pedía:

.- Las llaves mi señor…

.- Y ahora te ruego que no te muevas de aquí, Golo- exclamó el conde, al tiempo que cogía las llaves- ¡Recibirás instrucciones!

Tras volverse a Wolf, Sigfrido añadió, con aquella gravedad un tanto sombría que era característica en él desde que habían tenido lugar los trágicos acontecimientos que tanto le afectaban:

.- No le pierdas de vista, Wolf, y haz que mis hombres ocupen todos los puestos de centinela, relevando a los que aquí dejamos.

Cuando  penetró en la gran sala de armas, Sigfrido se despojó del casco y de la espada. Después, al dirigirse a sus fieles sirvientes, les encomendó atendiesen a sus guerreros, quienes llegaban muy fatigados del largo viaje, y finalmente ordenó que le dejaran solo.

Salieron, pues, todos y Sigfrido quedó de iie en medio de la estancia, contemplando con triste mirada lo que le rodeaba. ¡Cuantos recuerdos tenía todo para él! Y los últimos que guardaba de aquella estancia le llevaban siempre a la memoria de la imagen de su hermosa  y querida Genoveva, que ya nunca volvería a ver.

Sus pasos, algo vacilantes a causa de la emoción, le llevaron al primer lugar al aposento de su infeliz esposa. Hacía ya mucho tiempo que permanecía cerrado por orden de Golo, quien no podía soportar ni siquiera oír hablar de él, pues cuando alguien, al principio, lo había hecho  se recrudecían sus remordimientos.

“¡Cielos!- murmuró para sí Sigfrido- Todo aquí parece evocar su figura”

En efecto, todo en dicha estancia estaba aún tal y como la pobre Genoveva lo dejara  aquel día en que, por orden de Golo,  había sido llevaba al calabozo donde tantos meses permaneciera. Tratando en vano de contener su emoción  el conde dirigiose hacia el lugar donde ella costumbraza a sentarse para bordar. En el bastidor veíase un bordado a medio hacer. Representaba una corona de laurel, incrustada de perlas y rodeada de la siguiente inscripción: “A Sigfrido, de su fiel esposa Genoveva”

Lo estaba confeccionando, amorosamente para el regreso de su marido, a quien tanto echaba de menos, y él, al comprobarlo, notó que su honda pena aumentaba todavía y crecía la emoción. Al levantar sus ojos de dicho bastidor vio su laúd sobre un cuaderno de música, lleno de cantos y romanzas sencillas.

Veíase también en lugar preferente un libro piadoso, copiado con gran paciencia y primor por Genoveva, pues en aquellos tiempos eran pocas las personas que supieran escribir. Ella, que había aprendido, encontraba un goce singular en copiar los sagrados Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, con los que suplía la carencia de imprenta, como hacían otros cristianos.

Así había aprendido también las sublimes enseñanzas de Jesús, que luego, como ya pudimos comprobar enseñó a su hijo.

Sigfrido abrió después los cajones de un mueble, en el cual ella guardaba borradores de cartas que le había escrito, llenas de ternura e impregnadas de los más dulces y nobles sentimientos. No obstante, aquellas misivas jamás llegaron a sus manos. ¿Cómo era posible? Pensó que habría sido para él un alivio inmenso el recibirlas en aquel lugar de peligro, donde tanto echaba de menos su exquisita compañía.

En aquellas misivas, demostraba Genoveva cuánto le quería. Confiábale en las mismas que todos los días rezaba por él, pidiendo a Dios le librara de todo peligro y le devolviera al castillo sano y salvo de la contienda con sus enemigos. Expresábale con amor la inmensa alegría que iba a sentir a su regreso, cuando saliera a recibirle llevando en brazos a un niño o a una niña. Decíale también que, a causa de la falta de sus noticias, que mucho extrañaba, rezaba sin cesar y padecía por él.

Extrañóse al leer aquellas frases ¿Falta de noticias? ¡Pero si él se las había mandado periódicamente, cuantas veces le fue posible! Y por su parte, él tampoco había recibido ninguna de sus cartas.

Entonces, se cercioró de que era Golo quien no sólo había retenido las que Genoveva le mandaba, sino también había interceptado las suyas. Tenía que hacerlo así, naturalmente, para no despertar sospechas, ya que tanto el uno como el otro les hubiera extrañado recibir misivas en las que el corresponsal se quejara de no haber tenido noticias.

Todo lo había planeado bien el traidor, y Sigfrido estaba cada vez más convencido. Pero lo que no podía acabar de comprender eran los motivos que el indigno intendente tuviera para obrar de este modo.

Cavilaba sobre aquellos hechos insólitos, los cuales no podía aclarar, cuando se abrió con lentitud la puerta de la estancia. Sigfrido volvió hacia ella los ojos, con arrugas de preocupación en su frente, y sorprendióse al ver en el umbral a la mujer del carcelero.

Al enterarse de la llegada del conde, la mujer había respirado con alivio. ¡Por fin podría entregar la carta que le diera Genoveva antes de que la llevaran al bosque para matarla! Anhelaba entregarla por dos razones. Una, para que la inocencia de su querida dueña quedara patente ante los ojos de su esposo, y otra, para quedar, a su vez, liberada de guardarla. Pues siempre temía que pudieran encontrarla, comunicárselo a Golo y sufrir su castigo

.- Excusadme, señor conde- dijo, avanzando tímidamente, con la misiva en la mano- Sé que os extrañará que entre ahora en este aposento, pero es algo muy importante lo que aquí me trae.

El sentía afecto por aquella mujer, a la que su esposa había favorecido mucho, en especial cuando estaba enferma, y, aunque en aquel momento toda intromisión le molestaba, contestó con  benevolencia:

.- No es ocasión adecuada, desde luego, pero, si es algo importante como dices, acércate más y habla

Así lo hizo, ya con mayor confianza, aunque no sin que un temblor recorriera todo su cuerpo. Cuando estuvo junto a Sigfrido, sin poder evitar que la emoción hiciera subir lágrimas a sus ojos, murmuró:

.- Quiero entregaros una carta que me dio vuestra esposa, nuestra señora condesa, la ,misma noche de su muerte.

 Al escuchar tales palabras, la faz del conde cambió por completo. La emoción en que le sumiera la lectura de aquellas cartas adorables volviese interés y, con una nueva luz en las entristecidas pupilas, preguntó:

.-¿Una carta suya? ¿Te la dio a ti?

.- Si, señor conde. Fui a verla para comunicarle que había de morir aquella noche. Sentía mucha pena por ella y quise prevenirla para que estuviera preparada. Además, se lo dije poco a poco, los verdugos no habrían tenido esa precaución.

Al recordar aquella horrible noche se contrajo el rostro de Sigfrido, y fue con creciente pena que la oyó decir:

 .- Le dije que si quería darme algún encargo, yo lo cumpliría. Y entonces me pidió enseres de escribir…luego me encargó esta carta.

Las lágrimas corrían por las mejillas al entregarselas a Sigfrido, quien la tomó, anhelante y temeroso al mismo tiempo. Presentía que en ella, Genoveva haría protesta de inocencia, expresando la verdad, que hasta entonces nadie había podido revelarle.

.- Ved, señor, lo que luego me dio- prosiguió la mujer. Y le mostró el collar de perlas que Genoveva le entregara, como recompensa por su solicitud.

Al verlo, el conde alargó la mano, profundamente emocionado, lo tomó y lo llevó a sus labios con vehemencia. Era el collar que él le regalara, pero el cuello que, con tanta majestad y sencillez al mismo tiempo, lo llevara había sido segado por el hacha del verdugo.

Tratando de contener la desesperación que le invadía, devolvió el collar a la que ahora era su legítima dueña y, tras desenrollar la carta, leyó de prisa cuanto Genoveva escribió, lo cual ya conocemos…¡Y un estremecimiento de horror sacudió su ánimo!

.-¡Un hijo….¡Un hijo mío y murió con ella…! – exclamaba dolorido- ¿Cómo pude ser yo la causa de tu desgracia, querida Genoveva? ¡Tuve que ser yo, precisamente, que te amaba tanto, quien ocasionara tu muerte!

.- No os aflijais señor- intentaba consolarle la mujer- Lo hecho, hecho está y ya no tiene remedio. Os dejásteis llevar por la cólera y esto jamás es recomendable. Pero os habéis arrepentido y Dios será vuestra contricción.

Tras sobreponerse a su intensísima emoción se acercó al umbral de la puerta y llamó a grandes voces a su fiel escudero

Wolf no tardó en presentarse ante el conde

.- ¿Me llamabais mi señor?

.- ¡Que encierren a Golo en la peor de las mazmorras, pronto!- ordenó tajantemente Digerido.

Y lo mismo mandó respecto a sus cómplices, pues igual que él, le habían traicionado.

Los soldados se sintieron muy satisfechos de poder cumplir aquella orden y fue con verdadera complacencia que se presentaron ante el infame para conducirle a la mazmorra, luego hicieron lo  mismo sus compinches. Finalmente, empezaba a resplandecer la verdad.

                                                     

 

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CAPITULO 20

CAPITULO 20

 

Durante el tiempo que el emisario  tardó en  ir y volver, Sigfrido se hallaba  invadido por la mayor angustia e intranquilidad. Día a día éstas iban en aumento, hasta llegar a hacerse insoportables. Paulatinamente, habíase inclinado a creer en la inocencia de Genoveva, al desaparecer de él la ira que le dominara. Pero no podía llegar a comprender que <Golo , a quién él había colmado de beneficios y favores, hubiese llevado su maldad hasta el extremo de hacerle víctima de aquel tremendo engaño.

.- ¡Dios quiera que Golo no llegara a cumplir esa maldita y horrible sentencia-¡- exclamó para sí

Al cabo de largas jornadas regresó Wolf al campamento. Pero cuando Sigfrido le vio entrar e la tienda, lívido y con los ojos muy abiertos por el espanto, comprendió lo que había ocurrido, y que tardíamente había tratado de evitar.

.- ¡Responde! ¿Dónde está ella? ¿Qué te ha dicho Golo…? ¡Habla de una vez!

Wolf descendió del caballo y se plantó ante su señor. Con voz vacilante, dijo:

.- Lo siento señor…¡Golo cumplió la condena prevista en tales casos!

Aquella horrorosa noticia aterró al conde y le llenó de desesperación. El fiel Wolf no podía pronunciar una sola palabra más. Impulsivamente abandonó la estancia y dejó a su señor sumido en la más terrible de las angustias.

Una vez que estuvo al aire libre, no pudo contener su pena, que se tradujo en indignadas y doloridas frases, las cuales atrajeron hacia allá a muchos de los caballeros que acompañaban al conde. Al enterarse de lo que había sucedido, todos experimentaron la misma cólera e igual conmiseración por la pobre condesa, a quien apreciaban por su extraordinaria bondad. Colmaron de maldiciones a Golo y  juraron que al regreso, castigarían como merecía al infame traidor, que tan inicuamente había obrado.

De repente apareció el conde y, sujetando  su escudero por los hombros lo sacudió con fuerza

.- ¡Dime que todo no es cierto, Wolf!- aullaba Sigfrido

Sin tener en cuenta la actitud del conde, motivada por el profundo dolor que le dominaba, Wolf dijo:

.- Y lo peor señor….., lo peor es que Golo ahora está medio enloquecido, porque dice que …¡¡que la condenó injustamente!

Sigfrido permaneció en silencio. La presión de sus manos sobres los  hombros del escudero se relajó y, al fin, lo soltó

Sorprendido, Wolf le vio alejarse con decidido paso

.- Pero, ¿adónde vais, mi señor?

.- ¡Sígeme, buen Wolf! ¡Regresamos al castillo!

Conseguido el permiso del rey para retirarse a su casillo, Sigfrido, acompañado de su escudero, se dispuso a realizar el viaje. Varios de los nobles que con él habían ido a la contienda le siguieron también, con el fin de no abandonarle hasta dejarle en sus vastos dominios, para asegurarse de que ningún percance le sucediera por el camino.

Apenas llegó a sus posesiones, muchas de las sencillas gentes que habitaban en aquellos contornos acudieron a verle, avisadas unas por otras, velozmente, de su retorno. Todos se dirigían a él con tono lastimero, para expresar con sus palabras que siempre tenían presente el atroz fin que suponían había tenido Genoveva, su generosa ama.

.- ¡Qué terrible desgracia, señor!- exclamaba uno, aflijido- ¡Pobre condesa! ¿Qué final tan horrible el suyo!

.- ¡Con lo buena que era!- agregaba otro- Nadie podía decir sino bien de ella.

Las mujeres lloraban al decir:

.- ¡La culpa de todo la tuvo el intendente!

.- ¡Ese malvado Golo, señor quien no era digno de vuestra confianza!

El conde tras descender de su caballo, emocionado, mezclóse con aquellas buenas gentes, que de un modo tan espontáneo y franco le recibían, y saludó a todos afectuosamente, estrechando las manos que se le tendían, hablando con suavidad a los ancianos, acariciando a los niños

Y ellos, para corresponder a su familiaridad, le explicaron todos los pormenores de lo acaecido y cuáles eran las opiniones que, respecto al infausto caso, circulaban. Así Sigfrido pudo convencerse, una vez más, de la terrible injusticia que habían cometido con la pobre Genoveva. No había ni uno, entre todos ellos, que expresara la más pequeña duda respecto a su inocencia. En cambio, todos estaban de acuerdo en acusar a Golo, sobre el que lanzaban las más ardientes maldiciones.

Complaciese el conde, en cierto modo, al oír las alabanzas que todos hacían de su esposa, pero, por otra parte, al considerar que él mismo la había llevado  la muerte le llenaba de hondísima pena. Y fue con el corazón oprimido que, despidiéndose de aquellas gentes buenas, volvió a  subir a su caballo para continuar su camino, seguido por el leal Wolf y el resto de los caballeros.

                                   

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